Carta del Obispo 2016

«Hoy es el día de nuestra salvación»

Carta a los cofrades y a todos los diocesanos ante la Cuaresma y la Semana Santa

Queridos cofrades y diocesanos todos:

En este Año Santo de la Misericordia, centremos nuestra meditación en cómo la misericordia de Dios se ha manifestado en la vida, muerte y resurrección de Jesús. El pasaje del diálogo de Jesús con Nicodemo, tan conocido y citado, no deja lugar a duda alguna: «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). En Jesús se revela el amor de Dios hasta el extremo de entregar a su Hijo para recobrar a los hijos de adopción perdidos por el pecado. El lugar donde este amor se manifiesta en el límite es la pasión y la cruz de Jesús, que se hace presente en el memorial de la Eucaristía, para prolongarse en la representación que, a modo de gran auto sacramental, pone en escena la Semana Santa. De este modo, el sacrificio de Cristo acontecido «de una vez para siempre» (Hb 7,26-27) sigue siendo realidad presente, que hace visible la redención de Cristo para nosotros aquí y ahora.

Es el «hoy» y el «ahora» de la liturgia que se hace actual para la comunidad que celebra los misterios de la fe. Así la liturgia dice en Navidad «hoy nos ha nacido Jesucristo»; o cuando al comenzar el tiempo santo de la Cuaresma, recita el versículo que precede al Evangelio: «No endurezcáis hoy vuestro corazón; escuchad la voz del Señor» (Miércoles de Ceniza); o «Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación» (sábado de la I Semana y Jueves de la V Semana de Cuaresma); o cuando en la Octava de Pascua  canta el Aleluya: «Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo». Cada «hoy», cada «ahora» es para quien celebra los misterios de la fe tan real como si hubiera sido contemporáneo de lo ocurrido cuando el Señor nació, fue bautizado, padeció por nosotros, resucitó, ascendió a los cielos y envió el Espíritu Santo. De manera que, en las celebraciones litúrgicas, plenitud de la salvación no es para nosotros en nada inferior a la plenitud del acontecimiento de salvación que tuvo lugar en la palabra y actuación de Jesús. Se cumple en nosotros la promesa de la salvación como se cumplió en la sinagoga de Nazaret, cuando dijo el Señor después de la lectura de Isaías que acababa de realizar: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21)[1].

El Papa Benedicto XVI lo recordaba en su momento poniendo gran énfasis en afirmar cómo en la celebración litúrgica de nuestra salvación acontece de verdad aquello mismo que se celebra; es decir, llegan a nosotros los efectos de la historia de nuestra salvación. Decía el Papa refiriéndose a la promesa de salvación del profeta Joel hecha realidad en Jesucristo: «El futuro día del Señor se ha convertido en el “hoy”. El día terrible se ha transformado en la cruz y en la resurrección de Cristo, en el día de la salvación. Y hoy es ese día, como hemos escuchado en la aclamación antes del Evangelio: “Escuchad hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón”. La invitación a la conversión, a la penitencia, resuena hoy con toda su fuerza, para que su eco nos acompañe en todos los momentos de nuestra vida»[2].

Si es así, ¿cómo vamos a dejar en segundo plano las celebraciones litúrgicas de la Semana Santa? Son estas celebraciones sacramentales las que sirven de cauce querido por Cristo a nuestra recepción y experiencia de la salvación en el «hoy» y «ahora» de la liturgia, en «este día» de salvación que llega para nosotros como tiempo favorable y oportuno, que no podemos transitar como tiempo que pasa, sin otra novedad que una hora suceda a la otra y un minuto al otro hasta su agotamiento, sin dejar en nosotros otra huella que el paso del tiempo que aja y envejece a cada ser viviente.

La Cuaresma es, como canta el Prefacio, «tiempo de gracia para ser renovados en santidad» (Prefacio II de Cuaresma), salvación que acontece aquí y ahora para cada bautizado y para todos como comunidad de redimidos por la sangre de Cristo. Llega, en efecto, la Cuaresma  como un «hoy» de gracia, para exhortarnos a recorrer «el camino de un nuevo éxodo a través del desierto cuaresmal, para que, llegados a la montaña santa, con el corazón contrito y humillado, reavivemos nuestra vocación de pueblo de la alianza, convocado para bendecir tu nombre, escuchar tu Palabra y experimentar con gozo tus maravillas» (Prefacio V de Cuaresma).

La Cuaresma es así un tiempo sacramental que nos dispone al perdón del Padre de las misericordias, que alcanzaremos mediante la conversión y viviremos en la intensidad propia de la celebración litúrgica de los grandes misterios de nuestra salvación en el Triduo Pascual (Jueves, Viernes y Sábado) de la semana grande de la fe. Se trata de recorrer el «desierto cuaresmal» del examen de conciencia y análisis de nuestra forma de vida a la luz del Evangelio, sometidos al juicio de Dios, que siempre es de perdón y misericordia, si acogemos con humildad su palabra y nos dejemos transformar por su gracia. Sólo así se alcanza la montaña santa de la Pascua, anticipada en la transfiguración del Señor en el Tabor, preludio de la gloria que había de seguir a la cruz del Redentor.

Porque es así, la piedad popular no suple la celebración litúrgica de la pasión, muerte y resurrección del Señor, antes bien la extiende y la lleva a representación en imágenes llenas de religiosidad y belleza, capaces de comunicar plásticamente aquello que contiene la Palabra de Dios. Porque es así, la piedad popular sirve a la mejor comprensión de la fe, explana en catequesis de imaginería y desfiles procesionales, en los ejercicios y actos de piedad, particularmente en el Viacrucis y en los misterios del Rosario, cuanto creemos y proclamamos como sucedido por nosotros y por nuestra salvación: «que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras» (1 Cor 15,3-4).

Para que la piedad popular surta su efecto como testimonio convincente de una historia de amor y de misericordia divina, los fieles esperan de los cofrades la mayor preparación espiritual que les sea posible, la plena comunión con la Iglesia de la que son miembros comprometidos y testigos valientes de la fe. ¿Cómo podremos prepararnos todos mejor que acogiendo la Palabra de salvación a lo largo de esta Cuaresma que comenzamos con esperanza de ser mejores? Es decir, con voluntad de reconciliación y de paz; con deseo sincero de construir y edificar desterrando la crítica destructiva y malsana que oculta tantas veces aspiraciones a las pequeñas o grandes parcelas de poder que nos permitan imponer nuestra propia voluntad.

La Cuaresma es el momento en que se han de intensificar las obras de misericordia, porque «la caridad cubre la muchedumbre de los pecados» (1 Pe 4,8). Como nos exhorta el Papa Francisco, en el Mensaje para esta Cuaresma, es en la escucha y en la caridad donde hemos de afianzarnos. Sólo acogiendo la palabra de Dios y su voluntad —que siempre es de salvación y de misericordia— podremos superar la tentación de «ser como dioses», de blindar de manera soberbia nuestra vida, abandonar a su suerte a los pobres y cerrar herméticamente la puerta de nuestro corazón a los necesitados. Hemos de ayunar para que sea Dios quien gobierne nuestra vida y no nuestras pasiones; orar para vencer las tentaciones; y dar limosna, para compartir con los hermanos no sólo lo que nos sobra sino incluso lo que nos hace falta y, por eso mismo, también necesitan los demás.

Miércoles de Ceniza

10 de febrero de 2016

                                               X Adolfo González Montes

                                                        Obispo de Almería



[1] A. Stenzel, «La liturgia como lugar teológico», en J. Feiner / M. Löhrer (dir.), Mysterium salutis I/II (Madrid 1969) 700.

[2] Benedicto XVI, Homilía de la misa del Miércoles de Ceniza (21 febrero 2007).