Carta del Consiliario 2016

La Misericordia de Dios: experiencia y misión del cofrade

Con la voz del apóstol San Pablo nos adentramos un año más en la santa Cuaresma, tiempo apropiado para volver al inefable abrazo de amor y misericordia de Dios, nuestro Padre: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”[1]. Y es que la vida todo cristiano debe apoyarse en una convicción que da luz y sostiene nuestra existencia: Dios nos ama.

Este amor entrañable y decisivo, demostrado de la manera más impresionante en Cristo, el Señor, en su Pasión, Muerte y Resurrección exige de nosotros, queridos cofrades, una respuesta adecuada; es aquí donde brota, por tanto,  el deseo de “reconciliarnos con Dios”, es decir, de vivir en constante actitud de conversión, de reforma de vida, en ese deseo que mueve coherentemente a la voluntad, de edificar cada día una Iglesia que se identifique con el proyecto de Jesús. Una Iglesia enamorada de su Señor y siempre dispuesta a hacerle presente como Él mismo desea; en palabras del Santo Padre Francisco, “una Iglesia pobre y para los pobres”[2], pues ha encontrado el gran tesoro que le hace vivir en fidelidad al Evangelio, sin mirar hacia atrás, sin anhelar seguridades o poderes caducos, sin distracciones, y a la búsqueda del hermano para hacerle a él también gozar de este tesoro que tiene el precio de la sangre de Cristo, la Salvación.

Esta Cuaresma y Semana Santa las vamos a vivir, como don de Dios a su Iglesia y al mundo, dentro del Año Jubilar de la Misericordia, convocado por el Papa. Es por ello que debemos en este “dejarnos reconciliar”, contemplar la misericordia del Señor, que nos enseña cómo hemos de ser, qué hemos de hacer y por qué debemos adoptar este talante en el camino de nuestra vida. Si Dios es misericordioso con nosotros, es decir, su corazón nos comprende, acoge, perdona, ¡nos levanta siempre y sana nuestras heridas sin mérito alguno de nuestra parte! ¿Cómo no vamos a hacerlo nosotros con el prójimo?                                                       Solo desde la experiencia personal del amor de Dios podemos gozar de sus mismos sentimientos, por ello que la oración sea cauce y encuentro maravilloso, tratando de amistad con quien sabemos que nos ama[3], para sumergirnos en el océano inabarcable del amor de Dios. Para ello, y como nuestro Obispo así lo indica en su Carta ante la Cuaresma y Semana Santa, vivamos intensamente la liturgia de los días más santos del año descubriendo por la celebración de los sagrados misterios cómo hoy el mismo Cristo vive su Pasión, Muerte y Resurrección invitándonos a gozar de sus frutos de redención y a configurarnos con Él en la ofrenda al Padre.  Que esta experiencia de oración motive el ayuno y la limosna de este tiempo, de modo que sean ocasión de testimoniar, en hábitos de vida y actitudes concretas para con los demás, que nuestro llamarnos “cristianos” es mucho más que una palabra, es la verdad de nuestra vida.

Deseo para todos que la Pascua, el paso de Jesucristo por nuestra vida, sea experiencia grande de su amor que da vida y nos conceda una auténtica conversión que se traduzca en un fiel amor a Él, a su Iglesia y a cada persona, especialmente a las más vulnerables y necesitadas.

José María Sánchez García

Delegado Episcopal para el Apostolado Seglar

Consiliario de la Agrupación de Hermandades y Cofradías de Almería


[1] 2 Co 5, 20

[2] Discurso del Santo Padre Francisco ante la prensa mundial. 16 de marzo de 2013

[3] “… que no es otra cosa oración mental – a mi parecer -, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama.” (Vida 8,5).